Camilo Huinca (Santiago de Chile, 1988) es un artista y diseñador chileno cuyo trabajo se sitúa en el umbral entre arte, diseño y artesanía. Formado en diseño gráfico, ha desarrollado durante más de trece años un lenguaje visual reconocible por sus figuras sintéticas, paletas acotadas y composiciones de fuerte carácter gráfico, que transitan con naturalidad entre pintura, objeto y mobiliario intervenido. Su práctica explora la posibilidad de democratizar la sensibilidad artística a través de sistemas formales claros y reproducibles, articulando una marca que expande el dibujo hacia el espacio y los usos cotidianos. Ha colaborado con Nike y con publicaciones como The New York Times y The New Yorker. Actualmente desarrolla una investigación centrada en la abstracción, la materialidad de la madera y la relación entre intuición estética y funcionalidad, consolidando un cuerpo de obra que se despliega entre lo industrial y lo manual.
MONTSERRAT SANTIBÁÑEZ: Mientras decidía cómo dar inicio a esta conversación, volví al primer texto que escribí sobre ti. En ese momento, en 2022, te definí en el texto como diseñador e ilustrador. Hoy, Ch.ACO te está nombrando Artista del Año. ¿Cómo te queda esa etiqueta?
CAMILO HUINCA: Me remueve muchas cosas. Me da pudor. Me siento invasor al ser nombrado artista, sobre todo por una institución local tan importante. Desde mi perspectiva, el arte siempre ha sido un privilegio. Para mí el arte es lo más sagrado que existe. El arte y el amor son las cosas más importantes que existen en el planeta y están absolutamente conectadas. Pero tener la posibilidad de dedicarte a hacer arte es un privilegio, y con los años lo he ido entendiendo. Veo las vidas de las personas que se han dedicado al arte: es una vida como la de un astronauta o la de un futbolista, donde muy pocos logran vivir de eso y en el camino mueren muchas ilusiones. Creo que son mártires las personas que se dedican al arte porque entregan su trabajo y su vida al amor, junto con la incertidumbre de no saber si van a poder tener un buen pasar. Yo entré a Diseño con la sensibilidad de un artista, con un ojo crítico, pero sin tener la posibilidad, también por clase social, de entregarme a esa incertidumbre. No tengo problema con que me pongan ese título, pero la disciplina artística merece mucho respeto. Tiene que ver con la valentía. Es un acto político. El diseño es una disciplina creativa que va en el desarrollo de una función. Al solucionar un problema, al comunicar algo, es una herramienta de la sociedad para sobrellevar problemas cotidianos. Tiene más relación con la ingeniería y con el consumo. El arte, en cambio, no es más que la necesidad vital de comunicar lo que estás sintiendo. Los últimos años me he permitido hacer lo que realmente me gusta hacer. Creo que la relación con Ch.ACO cae muy oportuna porque hay una liberación: no me estoy limitando a la categoría del diseño ni al desarrollo de soluciones, sino que estoy abrazando la sensibilidad.
MS: También recuerdo que me decías: “Ni siquiera sé cuáles son mis colegas porque los diseñadores no me pescan, a los ilustradores no les gusto y los artistas no me ven como par”. ¿Tienes algún sentido de pertenencia en alguna categoría?
CH: Creo que hoy en día, sobre todo, me doy cuenta súper claramente de lo valioso que es construir una carrera independiente, y así es cómo se construye la cultura. Por eso cada cultura tiene diferentes maneras de hacer el mismo ejercicio. A mí me pasa un poco eso. En mi manera personal de ver las cosas, creo que el no haber tenido una formación académica proveniente del arte, ni tampoco del diseño industrial ni de varias otras disciplinas con las cuales me relaciono, me ha hecho ser muy explorador, con el respeto que conlleva cada una de esas exploraciones. Entrar en el desarrollo de pinturas —con acrílico, con óleo—, en la escultura, en el mobiliario, en la ilustración, me ha hecho convertirme en un explorador de distintas facetas. Y creo que por eso me es tan desafiante entrar al arte, porque hoy día me estoy dando cuenta de que en realidad no es creatividad; no tiene que ver con una función en donde hay que buscar una manera nueva de crear, sino que, al revés, es más parecida a la poesía. Tiene que ver más con la simpleza y la austeridad al momento de describir lo que viste, lo que sentiste.
MS: Es más bien expresar, nada más.
CH: Exactamente. Mientras más personal sea, más cautivante va a ser lo que estás haciendo; más interesante puede ser, más sabroso, más digno y con más identidad. Eso me ha hecho desarrollar mis propias herramientas, mis propias maneras de hacer, en base a la pregunta, en base al cuestionamiento, no tanto en base a la ortodoxia. Eso me hace sentir súper seguro hoy en día para entender que las cosas que vengan en el futuro van a ser nuevos desafíos, y voy a solucionarlos de mi propia manera. Por eso siempre pienso que la gente, para la mayoría de las cosas, no debiese escuchar tanto, sino seguir su propio instinto. Eso me tiene, en los últimos años, trabajando de manera súper lúdica, me tiene muy divertido. Me tiene entretenido, como adulto en recreo, ¿sabes? Porque es el otro lado de la moneda, ese al que yo nunca me había entregado, y es un lado súper profundo que no se puede controlar, no tiene esta relación con lo laboral que es de cierta hora a cierta hora, sino que tiene más que ver con tu caudal de emociones y la necesidad de llevar lo etéreo a lo material.
MS: Y en este proceso de autodescubrimiento, ¿qué cosas son las que encienden tu inspiración?
CH: Mira, para entenderlo mejor, siempre vuelvo a una frase de Rilke que me llena mucho: en una de sus cartas dice que la verdadera patria de una persona es su infancia. Con los años me doy cuenta de que lo más valioso que tiene alguien es su historia, su proveniencia, su manera de haber sido criado. Las cosas que te estimularon cuando niño son las que te marcan en tu crecimiento y en tus principios. A eso yo le llamo tu propio barro. Ese barro está compuesto por dos elementos. Primero, la tierra: tu crianza, el barrio donde creciste, los errores en los que te formaste. Ese es el origen. Y por otro lado está el agua, que para mí es el lado más personal hacia el futuro: tus sueños, tus ganas de perseverar, lo que tiene relación con la creación y con la belleza. Al unir la tierra y el agua se forma este barro, que para mí es lo más sagrado que tiene el ser humano. Tiene que ver con la creatividad, pero también con lo ilógico y lo irracional de tu personalidad. Le digo barro porque es algo honesto y noble, no tiene pretensión. Puedes transformarlo en algo material, construirlo cotidianamente y, ojalá, compartirlo. Cuando exploro mi pasado y recuerdo texturas, el dibujo y la madera aceptan eso para poder describirlo. Y estoy entendiendo cuánta libertad puedo darme sin asustarme por la aprobación del resultado. Porque el diseño y la ilustración tienen más relación con la aprobación del observador. En cambio, esto tiene que ver con volver a ese barro propio, sin pedir permiso.
MS: Es curioso lo que dices, porque me acordé del proceso en el que definiste lo que terminaría siendo esa identidad visual por la cual todo el mundo te conoció: Only Joke, este estilo de ilustración que se transformó en tu sello más distintivo. Me hablaste mucho de la sintetización del dibujo: de lo importante que era crear una forma sintética, definida por reglas, rápida de hacer y fácil de producir en serie. Por eso me da alegría ver cómo cada vez te vas complejizando más. Ya no se trata solo de probar nuevos materiales, sino de hacerte preguntas más incómodas y entregarte cien por ciento a la exploración. Me alegra verlo.
CH: Me encanta que lo valores, porque es un viaje bien sublime. Cuando te atrae abrazar la incertidumbre de entregar tu vida a algo que es mucho más grande que tú, estás firmando un acuerdo de mucho vértigo. Y ahí parten muchas de mis frustraciones. Este viaje va muy en contra de la inmediatez que se exige actualmente. Siento terror frente a cómo hemos construido la sociedad. El consumo triunfó de una manera estrepitosa, al punto de que casi no hay espacio para el cuestionamiento. Hemos concebido la sensibilidad y la creatividad como un bien de consumo. Se les exige como si fueran cualquier otro producto. Eso está esclavizando a las personas sensibles y aterrorizando a quienes están recién entrando al mundo creativo, porque se relaciona ganarse un espacio con tener un trabajo contundente en redes sociales. Y yo creo que no tiene ninguna relación. Las redes sociales y la profundidad del trabajo de una persona están en lugares completamente distintos. Me da miedo esa ansiedad por lograr cosas antes de disfrutar el proceso. Y en mi caso —¡y tú lo has visto!— el proceso ha sido lo más valioso.
MS: ¿Y te ofreciera teletransportarte al lugar donde estás ahora?
CH: Exacto. Si me ofrecieran una asesoría mágica que me hiciera llegar adonde estoy ahora, o incluso adonde voy a estar en cinco o diez años más, te juro que no la tomo. Lo más valioso ha sido el proceso año tras año: los bajones, los problemas y también las alegrías que he vivido. Constantemente se intenta buscar el hack, el salto de escalones, el consejo de “qué tengo que hacer para crecer más rápido”. Y creo que es al revés: mientras más te entregues a la vida y más experiencias tengas, más vas a crecer. El error es un amigo con el que tienes que aprender a convivir. Es el error el que te construye lentamente, como la erosión del agua en la piedra. Así se construye una manera de pensar, de sentir y de crear. Porque el arte es una cueva en la que te puedes perder. Si no entras desde una búsqueda personal de la belleza, es fácil extraviarse. El ego le gana a la obra. La competitividad y el consumo le ganan a las ganas de buscar algo nuevo en ti. Aparece la copia, el atajo. Puede servir, pero no estás aportando nada personal. Estamos aprendiendo a vivir con una herramienta que nos está consumiendo: mostrar tu trabajo cotidianamente, muchas veces por likes o por plata. Las redes sociales dicen “comparte”, pero en realidad estás exhibiendo. Si el botón dijera “exhibirte” en vez de “compartir”, habría más conciencia antes de entregarse tan sumisamente.
MS: Hay ciertos elementos que, en todos los formatos, técnicas y materiales que trabajas, se repiten: ojos, bocas, manos, personas, cabezas, rasgos reconocibles. Hay una corporalidad muy marcada y muy propia tuya. ¿Qué sientes tú que se repite? ¿O para ti es distinto?
CH: Yo creo que estoy en una etapa de transición, de aprendizaje súper profundo. El diseño ha sido una etapa donde he aprendido mucho, una disciplina de la que me siento parte y que abrazo. Pero llega un momento en que las preguntas son más profundas y el diseño no necesariamente las satisface. La ilustración tiene un eje más naïf, más amable, más plástico. Pero cuando quieres mostrar algo más oscuro, más ligado a un estado primitivo, esas herramientas se quedan cortas. Entonces me di cuenta de que necesitaba explorar herramientas nuevas, improvisando con lo que sé. Ahí apareció la madera. Mi abuelo me enseñó carpintería cuando era niño, así que es una herramienta cercana. La he ido descubriendo desde la funcionalidad hacia la sensibilidad. Una silla puede convertirse en un contenedor de emociones. Puede ser una “mala silla” en la práctica, pero arrastra códigos, recuerdos. También estoy explorando la fotografía en relación con mi familia y con problemas que he tenido. La ilustración comercial nunca me permitió mostrar eso. Hoy estoy abrazando esa parte más oscura. Son primeros ensayos y sé que van a cambiar. Pero se repiten códigos. Si tuviera que decir qué los une, diría que es llevar al límite la manera de representar algo. No tengo apego al realismo. Me gusta que una flor, un gato o una persona estén ejecutados de una manera que solo yo podría hacer, desde mis recuerdos y sensibilidades. Yo bosquejo y estreso el dibujo hasta que se sienta verdaderamente mío, hasta su forma más austera y pura. La escultura me abrió el mundo del volumen. Creo que todo se relaciona en cómo estresar lo obvio hasta que se vuelva lo más puro posible. Hoy estoy conforme con muy poco de lo que he hecho, pero lo entiendo como parte del viaje.
MS: Me impactó muchísimo cuando, el año pasado, me dijiste que recién ahora estabas contento con lo que hacías, y que tu trabajo anterior no te convencía tanto. ¿Estás orgulloso hoy?
CH: Me gustaría provocar en mí, y eventualmente en otros, lo mismo que he sentido frente a ciertos artistas que me han conmovido y atravesado. Con mi propio trabajo todavía no he llegado a ese lugar. Aun así, me siento orgulloso: hay mérito en lo que he construido, he abierto puertas en el diseño, y eso me enorgullece. Mi obsesión personal es otra cosa: una búsqueda casi infinita. Quiero seguir creciendo para conocerme mejor y experimentar sensaciones nuevas. El camino ha sido solitario, entre comillas, porque me he rodeado de personas maravillosas. Pero esa imagen de estar yo, con mi lamparita, explorando en la oscuridad, es lo que más me satisface. Nunca he tenido prisa por llegar a un lugar ni por demostrarle algo a alguien. Hacer ha sido suficiente. Ha habido años más productivos que otros, pero jamás he trabajado por la felicitación o la validación externa. No me asusta mirar hacia atrás y ver mi obra pasada como parte del proceso. No le tengo más cariño que al trabajo que estoy haciendo hoy.